No sé como, pero me encontraba corriendo sin dirección por una gran avenida vacía. ¿Huía de alguien? no lo sé, lo único que advertía con seguridad era que debía encontrar un lugar para entrar. Pasé muchas tiendas y casas, sin embargo me era imposible acceder a ellas. Estaba apunto de caer en la desesperación por no entender que sucedía, cuando me tope con una edificación, sí, ese era el lugar que inconscientemente buscaba. Entré sigilosamente, todo seguía en silencio, me pareció extraño no tropezar con gente a esas horas de la tarde. En la entrada se hallaban dos extraños guardias de metal de forma indefinida, inquieto crucé el umbral de entrada lo más rápido que pude. Dentro todo era blanco, aún cuando detesto ese color no me fue posible salir de ese lugar. Seguí mi recorrido hasta una habitación, habían muchas ventanas sin vidrios; veía paisajes inmóviles, humanos amorfos e incoloros. Cada mirador mostraba una imagen distinta, no se escuchaban ruidos, era como si el tiempo se hubiera paralizado. Solo escuchaba el sonido de mis botas al caminar por la amplia habitación mientras me acercaba a una abertura que exponía cabezas humanas mirando un sol. Casi podía sentir la calidez del astro, pero al girar mi cabeza mi mirada encontró un nuevo pasillo. "Podría llevarme a la salida", pensé, quería salir de ese lugar exótico y a la vez perturbador, sin embargo no deseaba volver a pasar cerca de los dos entes metálicos de la entrada que hacían que la piel se me pusiera de gallina.

Desesperado por volver a sentir, escuchar y oler el mar, bajé las escaleras. Mi ansiedad llegó a su fin cuando el penetrante, incómodo y horroroso silencio volvió a reinar. Esta vez la habitación parecía un laberinto sin gracia. Con cada paso que daba hallaba más de veinte pasillos nuevos, todos eran iguales, blancos, irritantes, siniestros. Perdido mi andar cesó, apoye mi espalda contra la pared esperando encontrar un indicio de cómo salir de allí. Fue entonces que comencé a escuchar pasos. Una necesidad de huir se apropio de mi ser, igual que al comienzo, corrí por los pasillos, corrí huyendo de un ser ficticio. No podía recordar quien era, si le conocía o qué era lo que quería. Soló sabía que debía correr y alejarme de él lo más pronto posible.
El pasillo que conducía a mi anhelada salida no era extenso, más bien era tan corto que al dar dos pasos mi nariz ya se encontraba rozando la pared. Solo divisé una largas escaleras, los muros seguían siendo blancos, para mi desgracia. Al no encontrar la vía de escape que esperaba me dirigí a la habitación en la que antiguamente me encontraba. No obstante ya no existía, tras de mi solo había una pared, estaba encerrado. "Este lugar va de mal en peor -me dije- no tengo ni la menos idea de por qué sigo indagando por este lugar", ¿simple y enfermiza curiosidad?, probablemente esa era la razón. Las escaleras se veían nuevas, pero al poner un pie en ellas un terrible crujido se escucho en el lugar, sonaban igual que un puente colgante lle
no de termitas apunto de caer. Decidí bajar rápidamente por la escalinata, con lo impredecible que era el sitio de seguro podrían caerse arrojándome a un abismo infinito de otra dimensión, fue mi irónico pensamiento mientras apuraba mi marcha. Ya en el piso silencioso me percaté de algo curioso, mucho para mi gusto, ¡la habitación era gigante!. Las paredes median tanto como los edificios modernos de las ciudades, era increíble como un lugar así podía encontrarse en un subterráneo. Investigando advertí que en un sector las paredes estaban constituidas por una especie de cajones, algunos de ellos estaban abierto. Pude comprobar que en esa especie de gavetas se hallaban más espacios estáticos plasmados en los ventanales. A diferencia de los otros paisajes estos eran mas reconocibles, el que recuerdo con mayor claridad era acerca de una carretera de color rojo, todo lo demás en ese espacio expuesto era de color gris.
De un momento a otro me sentí observado, una mirada amenazadora se posaba sobre mi. Gire sobre mi mismo y no vi nadie, estaba completamente solo en aquel pasillo. Los escalofríos volvieron a rondar por mi cuerpo, apure mi marcha buscando una salida. Localicé una especie de enredadera, según mi análisis estaba hecha de madera. No supe como explicar que se encontrara en medio de la sala, al dar un paso hacia atrás tropecé con otro tipo de escultura. Al mirarla de cerca parecía una especie de perro hecho de madera. Me acerqué para visualizar lo con mayor claridad. Al hacerlo un insoportable olor a can emano de la estatua.
Acaso era un perro de otra dimensión, lo toqué para ver si mostraba señal alguna de vida, pero nada. Al parecer carecía de vida al igual que los paisajes de allí.
En un parpadeo todo quedó en tinieblas, mi corazón se acelero. Permanecí sumergido en la nada por unos segundos. Gradualmente comencé a escuchar una especie de música, parecida a las que tocan las cajas musicales. Conforme el sonido iba en aumento, la luz volvió a la zona en la que me encontraba. La habitación estaba vacía, el perro y la enredadera se habían marchado. Una serie de ruidos empezaron a resonar, se escuchaban risas, canciones, bocinas de automóviles, murmullos, el piar de los pájaros. Cubrí mis oídos con mis manos, tanto estruendo se volvía insoportable. Entre el estrepitoso sonar distinguí un singular y familiar sonido. Era pacífico, me calmaba, ya ni siquiera escuchaba las otras melodías. Dóciles olas cantaban al encontrarse con la arena. Podía imaginar su gracioso bailes acompañado de blanca espuma. Seguí la fragancia marina que atestó la habitación, conforme agilizaba mi marcha más presente se hacían el ruido y la frescura. Tan embriagado me encontraba
que no me percaté de que las paredes habían tomado una altura normal. Mi búsqueda finalizó al aparecer una ventanilla en la que, a diferencia de las otras, se podía apreciar el movimiento del oleaje. Embelesado estiré mi mano tratando de alcanzar aquella imagen, el fresco viento rozaba mi piel. Cerca estaba de traspasar aquel portal, cuando en un abrir y cerrar de ojos me encontraba arriba de la escalera por la cual bajé al lugar.
Desesperado por volver a sentir, escuchar y oler el mar, bajé las escaleras. Mi ansiedad llegó a su fin cuando el penetrante, incómodo y horroroso silencio volvió a reinar. Esta vez la habitación parecía un laberinto sin gracia. Con cada paso que daba hallaba más de veinte pasillos nuevos, todos eran iguales, blancos, irritantes, siniestros. Perdido mi andar cesó, apoye mi espalda contra la pared esperando encontrar un indicio de cómo salir de allí. Fue entonces que comencé a escuchar pasos. Una necesidad de huir se apropio de mi ser, igual que al comienzo, corrí por los pasillos, corrí huyendo de un ser ficticio. No podía recordar quien era, si le conocía o qué era lo que quería. Soló sabía que debía correr y alejarme de él lo más pronto posible.
Llegue a una intersección, decidí seguir por la derecha. Tan espeluznante fue lo que encontré que salí rápidamente del cuarto. Como un niño pequeño curioso por lograr visualizar aquel hombre de traje rojo que se presenta las noches del 25 de Diciembre en los hogares, me asomé por la habitación. En efecto, aquellas repugnantes imágenes seguían allí. Esos verdes ojos carentes de brillo, agradecí el hecho de que aquella mujer careciera de vida, si no fuera así de seguro ya me habría devorado. En su boca tenía desde conejos hasta golosinas. Claro todo aquello estaba expuesto de una manera tan grotesca que habría vaciado mi estómago de haber comido algo en mi estadía en el establecimiento. Lo lógico habría sido salir de aquella repugnante habitación. Sin embargo mi morbo me obligó a aplazar mi estancia. Visualicé las fotos una en una. Mis estómago se revolvía cada vez más, miraba las imágenes a una distancia prudente, pues con lo peculiar que era el lugar la tipa podría comenzar a moverse y convertirme en su desayuno. Me localicé al centro de la habitación, miré las imágenes de una en una, comenzaron a girar como un carrusel a mi alrededor. Cuando el piso dejó de moverse aquellas pisadas de las cuales venía escapando comenzaron a acercarse, con aquella presencia las miradas plasmadas en los recuadros dirigieron su mirada a un nuevo pasillo. Cauteloso para evitar que la mujer, sorprendentemente con vida, no me saltara encima, crucé la sala.
No podía creerlo, por fin me encontraba con la luz del sol. No pude explicar cómo desde un supuesto subterráneo salí a un balcón. La plataforma era totalmente gris, al fin la tortura blanca había acabado. El cielo estaba azul, corría un fresco viento. Me aproximé a la baranda de metal. Inexplicablemente la distancia entre el piso y el lugar en que me encontraba era comparable con la de un rascacielos. La quietud aún perduraba en aquel mundo, no encontré ningún indicio de vida a lo lejos. No habían autos, ni gente, ni ruidos, ni presencias extrañas. Ensimismado en mis pensamientos no sentí aquella entidad acosadora. Sin darme cuenta cómo, me encontré cayendo en un trayecto infinito desde aquella torre hasta el piso. Al abrir mis ojos aliviado caí en la cuenta de que estaba en mi habitación y eran las cuatro de la mañana.
Exposiciones:
Colección Animal
Rodolfo Opazo - Melancolía
Daniela Kovacic - Versus
Galería Animal, Alonso de Córdoba 3105. Santiago, Chile
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